Bosques y sierras de Río Verde S. L. P. Viaje II

Después de un par de meses a partir del viaje anterior, nos dimos a la tarea de volver a los bosques de los Ejidos San Diego y El Nacimiento, con la finalidad de inventariar la flora y fauna pero ahora a inicios de primavera, durante los últimos días del mes de marzo del 2010, finales de la estación seca.

Es muy interesante visitar los mismos bosques en las diferentes estaciones del año, en México son solo dos: la  húmeda y seca que se funden en diferentes matices y disponibilidad de recursos a lo largo del año, por lo tanto resulta erróneo concebir cuatro estaciones marcadas como en los países más nórdicos pues la realidad de los bosques de la sierra madre se limita a la disponibilidad de agua más que al clima, además, contrario a lo que la mayoría de las personas suelen pensar, los bosques que están en la sierra no son entidades estáticas pues experimentan un tránsito constante de elementos y recursos orgánicos e inorgánicos, el agua de lluvias que se acumula durante la época húmeda irriga los manantiales subterráneos y hace fluir los ríos y arroyos arrastrando sedimentos, las plantas presentan su crecimiento más conspicuo al término de las lluvias y por ende hay mas disponibilidad de alimento vegetal y la fauna, los descomponedores, hongos etc. hacen uso de ella eficientemente sin desperdiciarse biomasa.
En marzo, el trayecto fue el mismo, solo que esta vez nos fue posible acampar sierra adentro lejos del ejido, en un lugar entre la ranchería de Los Montesumas y Paso del Agua, justo al lado de un encino imponente que apenas y estaba mudando sus hojas, en espera de los nuevos brotes. 
Sitio de acampado al lado de un imponente encino (Quercus rugosa), nótese
el color del follaje, caracteristico de la estación seca.
 Aquel día se fue rápido, llegamos a media tarde y se nos pasó el tiempo preparando la comida, la cual consistió en unos huevos con chile, tomate, cebolla y un poco de jamón, tortillas de maíz y agua natural. Ese día nos dispusimos a recorrer el área cercana. Fotografiando algunas especies:
Lupinus sp. una leguminosa herbácea y terrestre bastante carismática, con sus flores color azul violeta.
Conopholis alpina una planta parásita de la familia de las Orobanchaceae muy fácil de encontrar creciendo en el sotobosque, le agrada alimentarse de los nutrientes que le provee su relación parásita con las raíces de los encinos.
Lagartija rayada del género Sceloporus.
El día siguiente amaneció radiante de sol, por lo que nos dirigimos a las partes altas de la sierra en busca de los bosques de pino. En cierta parte de la brecha que va al Cerro de La Cruz, el camino se corta y se desprende una  vereda mas o menos angosta en torno a una loma vecina por el mismo perfil del cerro, rumbo al suroeste. Poco a poco conforme uno se adentra más en la misma, se escucha mejor el rumor del agua corriente que baja, y en breve nos encontramos con una particular caída de agua, demostrando que hay sitios en la sierra en los que el agua posiblemente corra de manera permanente, o posiblemente no.
Pequeña caída de agua oculta al final de la vereda.

Poco más abajo corre el arroyo, dentro del cual vimos ajolotes y cercano a él nos fue posible ver una especie de rana la cual no recuerdo el nombre científico, pues como Juan es el que se dedica a la fauna, suelo aprenderme mas facilmente los nombre botánicos y olvidar los de fauna, pero aquí les dejo la fotografía de todas maneras:

Ranita descansando sobre la corteza de un encino, cercana al cauce del arroyo.
Arroyuelo de poco cauce, pero interesante fauna acuática, se pueden ver creciendo a un lado los alisios  (Alnus sp.) de troncos rectos y con tonalidades grisáceas.

De bajada al campamento, el dosel arbóreo nos ofreció una interesante y colorida vista de sus mejores galas anuales, pues es después de las lluvias cuando sus ramas cambian de hojas y al ir desprendiéndose  y muriendo cambian su composición química de la clorofila verde a los carotenos amarillos, naranjas y rojos, para finalmente tornarse color café al caer y formar parte de la densa hojarasca, protectora de las semillas durante las épocas frías y secas del año.

Dosel multicolor debido a lo caducifolio del follaje de los encinos que componen estos bosques.
Al ir avanzando la edad de las hojas, éstas cambian su clorofila por carotenos lo cual les brinda ese característico color entre amarillo y rojo tan contrastante con el límpido azul de los cielos en días despejados.

Llegando al campamento preparamos una comida rápida y a media tarde nos dispusimos a buscar agua, pues habíamos visto al subir un par de arroyos intermitentes, pero no sabíamos con exactitud su ubicación. Al poco rato de caminar un poco en busca del rumor del agua, efectivamente descubrimos que cerca del campamento aún corrían varios escurrimientos y arroyuelos de lluvia que aparentemente desaparecen en algunos puntos rocosos y refluyen en otros salidos casi mágicamente de entre las piedras bola del cauce. Es importante siempre hallar agua cerca a donde se acampa, y esa vez no tuvimos problemas, pues a unos 20 m del campamento nos hallamos con un estrecho cañón, creciendo es sus flancos magueyes (Agave sp.) y palmitos (Brahea sp.):

Uno de los arroyos se internaba en dicho cañón de piedra caliza, visto desde arriba un tanto profundo
de unos 8 m de altura y en su parte interna mas estrecha de unos 4 m de ancho. Visto hacia el oeste.
  Aquí pudimos abastecernos de agua suficiente. Cañón visto hacia el este. En las imágenes
de abajo mostramos el trabajo que la lenta disolución del agua sobre el carbonato del calcio de la roca
caliza de origen marino (conchas de invertebrados sedimentadas en capas de millones de años) provocan
en la formación de estalactitas y estalagmitas que al final se unen, pues con cada gota que cae, se añade
una capa microscópica de sedimento que va creciendo en miles y millones de años, por eso es un crimen
destruir tales obras magníficas.

Al volver aquella tarde una vez mas a la brecha que conduce al campamento, nos internamos en otra cañada, aquí encontramos otro escurridero intermitente desde lo alto de una pared caliza. Pero lo más interesante fue encontrar la especie de nogal Carya ovata, que a simple vista es una especie más del bosque, no obstante es una especie que suele vivir en conjunto en las comunidades vegetales de bosque mesófilo de montaña, por lo tanto es una pista más de que los bosques de Río Verde ofrecen relictos botánicos de este bosque tan amenazado.
Escurridero intermitente. eEstos escurrideros son cruciales para las aves, pues éstas suelen abrevar aquí debido a que están a salvo de los depredadores y el agua escurre limpia entre las piedras.

Carya ovata, especie vegetal asociada al bosque mesófilo de montaña en la Sierra Madre Oriental.
Mientras investigábamos el área de la cañada oímos a lo lejos la tracalada de un par de perros. Decidimos acercarnos un poco más, pues desconocíamos que allá adelante hubiese poblado alguno. Pero caminando entre la hojarasca nos topamos con un señor, Don Vicente, quién nos pidió que fuéramos a la ranchería de más adelante a ayudarle a echar andar su “ford” para ir a Cd. Fernández a comprar mandado. Al llegar a un rebaje al fondo de un valle aluvial, un “potrero”, estaban un par de casitas de madera y techo de tejamanil y al fondo sobre la brecha, habíamos llegado a la ranchería: Paso del Agua.

Potrero en la ranchería Paso del Agua, un paraíso de silencio y soledad oculto entre las sierras de Río Verde.
Vista al nor- noreste.
La casita de Don Vicente, el adobe es el material de construcción
predilecto en la sierra y  muchas otras áreas rurales de México, siempre disponible,
barato, práctico, manejable, resistente y sobre todo aislante.
“Pasando corriente” La tarde se difunimó y Don Vicente pudo ir de vuelta
a Cd. Fernández, población vecina de Río Verde y parte del área urbanizada de la región.
El día que prosiguió lo teníamos todo completo para recorrer otro cañón aledaño que se abría paso al noroeste. Antes de internarnos en el cañón, entre la hojarasca algo batía sus alas con desesperanza, y en un instante de quietud ya no supimos bien de que se trataba, si ave o insecto, al acercarnos nos fue posible detectar el magnifico mimetismo de una hermosa polilla, tan fusionada al color de las hojas muertas que a simple vista parece formar parte de ellas:

Polilla oculta entre la hojarasca de encino.

 Entonces seguimos nuestro camino. Al principio se veía oscuro, con una tranquilidad muy extraña, pues no había ave alguna que cantase esa mañana, el cañón respiraba, se oía susurrar y solo los pasos pesados entre la alfombra de hojas repercutía en la quietud del paraje.

Un cañón bastante sombrío.

Al ir avanzando por fin nos llegó el sol a eso de las 10 de la mañana, apenas y los rayos penetraron la quietud y sentimos que el aire se respiraba mas cálido y perfumado en un potrero abandonado lleno de árboles de aguacate (Persea ap.).
Las áreas desmontadas con cercos de piedra y presencia de árboles o
plantas útiles al hombre suelen ser los vestigios del uso que los lugareños le brindan
a ciertos parajes serranos.
Seguimos subiendo cada vez mas, encontrando nuevamente un arroyo intermitente que con alevosía ocultaba la elegante efigie de las Coronas de San Pedro (Cornus disciflora) interesante árbol de la familia Cornaceae también gustosa de las cañadas umbrosas y húmedas y presente por su puesto en los bosques mesófilos de montaña.
Corona de San Pedro (Cornus disciflora) oculta en una cañada
por donde corre un arroyo intermitente.
Aún más arriba, dónde las sombras y los recovecos rocosos ya no tienen lugar, aparecieron intempestivas las especies rupícolas, pues se antoja extravagante encontrar una biznaga  (Mammillaria sp.) del tamaño de un melón floreciendo a todo fulgor en el despeñadero de una pared vertical al lado de la abandonada brecha, sin olvidar a una particular “siempre viva” (Echeveria sp.) de hojas angostas y carnosas creciendo entre los escollos pétreos.

Mammillaria magnimama (saxicola) en floración, pleno marzo
y bastante cargada de botones sin abrir.
Siempre vivas
 Al bajar de nuevo al campamento para pasar la última noche, pudimos hablar con un trío de muchachos de la ranchería Los Montesumas, quienes comentaron que la brecha que seguimos pero que no llegamos hasta la parte final, conduce a un paraje donde está la Gruta La Catedral, habilitada para recibir turistas que por lo general provienen de San Luis Potosí. Ya en la mañana y nuestro último día en la sierra, la suerte nos sonrió pues amanecimos con un cielo brumoso y nublado. 
Día nublado en una de las milpas del Sr. Miguel, comisariado ejidal de El Nacimiento.
Rascadero de venado.
Al llegar al ejido, nos comentaron que hacía un par de minutos habían visto unos venados en las milpas, por lo que fuimos a ver si aún andaban merodeando por ahí. Solo hallamos sus “pasadas”, algunas “excretas” y un visible “rascadero”, por lo que creemos que las hembras andaban muy bien acompañadas. 

Aquel día antes de partir desayunamos unos exquisitos tacos de nopalitos silvestres, flor de palma y queso fresco hecho en la región y asi acabó el viaje a las sierras de Río Verde, pero esperamos poder volver a ir este año que apenas comienza.

Nopalitos del monte guisados y en tacos, eso si es alimento para la vida.

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Bosques mesófilos de montaña en las sierras de Río Verde, San Luis Potosí. Viaje I

A finales del año 2009, poco tiempo después de dejar mi antiguo hogar en Jalpan Querétaro, tuve oportunidad de trabajar en el inventariado florístico de un ejido al suroeste de la cabecera municipal de Río Verde, estado de San Luis Potosí.
Partiendo de Río Verde hacia el oeste está la carretera Federal México 70 San Luis Potosí- Tampico, actualmente en el desuso debido a que cruza el Área Natural Protegida Sierra de Álvarez, escenario de agrestes montañas, curvas sinuosas e innumerables accidentes, actualmente reemplazada por la “Super carretera de la Huasteca”  que conecta igualmente San Luis Potosí, Río Verde y Ciudad Valles, la cual pasa al norte de la sierra al lado de las comunidades de Cerritos y Villa Juárez. Sigo prefiriendo la carretera libre 70 por su puesto.
      Vista actual de la Hacienda de San Diego (foto tomada de la web México en Fotos).

A unos 10 km de distancia de Río Verde por dicha carretera está el entronque al ejido San Diego, pintoresca hacienda de antaño, en cuyos alrededores nació  un pequeño pueblo con una presa que tiene vista a la sierra.

A partir de dicha localidad se extiende una brecha hacia el oeste que conduce a los ejidos de San Miguel, La Loma, Los Arcos, Las guayabas y varios mas que no recuerdo su nombre en este momento, pero hasta el final, dónde topa la brecha con la sierra esta el ejido El Nacimiento, una ranchería que palpita entre el ronco cantar de los gallos, los corridos que emanan en la transmisión de radio casi perpetua desde las ventanas de las casas de  sus pobladores (muchos de ellos mojados que trabajan año con año en Estados Unidos), la humedad de la selva baja caducifolia que ahí se arremolina entre las lomas y el apacible rumor del arroyo que baja desde las partes altas de la sierra. Así es el ejido El Nacimiento.
Vista sur del Ejido El Nacimiento, Río Verde, S. L. P. en una prístina mañana de diciembre.
Aquel día pernoctamos en la casa del Comisariado Ejidal el Sr. Miguel, y su esposa la Sra. Fela y con todo y la pena no quisimos dar mas molestias que la de poner nuestra tienda de campaña en su patio, eligiendo como lugar idóneo una gigantesca fortaleza entre frondas de papaya, plátano y caña.

Nuestro campamento al amanecer.










Aquel día partimos rumbo al cerro de la cruz  para comenzar el inventario a eso de las 7 y media de la mañana El trayecto fue ascendiendo abruptamente por entre una cañada al lado del río, para después perderse entre bosques de encino y mas arriba los pinos. No fue sino hasta casi medio día cuando caímos en la sorpresa de estar en una cañada muy húmeda y umbrosa, tan estrecha que apenas y el sol rosaba el dosel quizá unas 5 o 6 horas diarias durante la tarde, fue aquí donde encontramos los famosos liquidámbares. Y como puede verse en la segunda imagen, los ejemplares llegaban a medir mas de 25 m de altura, tal porte implica un bosque mas o menos viejo que hasta la fecha el ejido ha respetado y lo mas sorprendente es que había un grupo de 7 individuos, todos ellos sobre la brecha principal hacía el cerro de la cruz, Paso del agua, Los montesumas y Torrecillas (localidades perdidas en diferentes puntos de la sierra de Río Verde).

Hojas de Liquidambar styraciflua

Árbol de Liquidámbar.

A medida que subimos más el paisaje fue tornándose mas de tipo templado, con infinidad de encinos de varias especies, e incluso el suelo cambio de textura a una mas arenosa, de color mas claro y en cuya hojarasca abundante nos percatamos de la presencia de unos ojillos rosados que al acercarnos resultaron ser un grupo de orquídeas de hábito terrestre.

Orquídeas de hábito terrestre creciendo entre la hojarasca del bosque de encino (Posible Bletia sp.)
Orquídeas terrestres.

Finalmente al cabo de unas 5 horas de intensa caminata de subida llegamos al cerro de la cruz, en dónde está una capilla dedicada precisamente a este ícono de la religión cristiana. Los guías con quienes fuimos nos platicaron que cada año se hace una larga procesión de feligreses que provenientes de las localidades cercanas a venerar a la santa cruz cada 3 de mayo, además es un altar a la Virgen de Guadalupe por lo que en menor medida este pequeño recinto en medio de las montañas se ve repleto de veladoras y flores para honrar la presencia de la Virgen.

Rústica capilla a la Santa Cruz en el cerro del mismo nombre.
La santa cruz. Atrás el buen burrito que cargó fielmente nuestra agua y comida.
Decoración de la capilla. Las flores de textura papirácea son hechas con las bases de
las bromelias que crecen epífitas sobre los encinos y otras especies arbóreas, en el área son
llamadas jarritos, pues guardan agua en su interior.

Después de admirar un poco la rústica capilla, esta es la vista panorámica que nos ofreció la cima del cerro la cruz hacia el sur, indagando posiblemente las inmediaciones fronterizas con la RB Sierra Gorda de Guanajuato.

Vista sur hacia la sierra gorda de Guanajuato.

Después de inventariar la zona y comer unos tacos de barbacoa ofrecidos por los guías, nosotros nos dispusimos a bajar, pues nuestro campamento estaba en el ejido, allá abajo y lo mas prudente era volver con luz para no arriesgar la marcha. A nuestro regreso nos topamos con una población bastante numerosa de pinguiculas, pero como era de esperarse estaban con su roseta de invierno, apenas y preparándose para florear, por lo que nos fue imposible identificar su especie.

Roseta de invierno de pinguicula, con sus hojas adhesivas a la espera
de pequeños insectos, otros más ya cayeron.

De vuelta a las zonas mas húmedas y protegidas encontramos un arroyo con alisos (Alnus sp.) que aunque por si solos no comprenden un bosque mesófilo de montaña, son un elemento conjunto e importante de su estructura arbórea.

Arroyito, se pueden ver los troncos veteados de la derecha, pertenecen a los alisos.

Desde una parte medianamente alta, pude ver la impresionante combinación de vegetación y orografía descendente hasta el valle de Río Verde.

Sierra de Río Verde con sus accidentados perfiles.

Los riscos también se hacen presentes y cuyas cumbres están coronadas de vegetación, sin contar que entre sus grietas y cizalles se agarran firmemente biznagas, zoyates, magueyes y palmitos.

Riscos.
Biznagas rupícolas (Posible Mamillaria sp.)

Antes de caer la tarde, tomé una foto panorámica de las cañadas donde celosamente se guardan los bosques de niebla y no es de extrañarse, pues la temperatura, la orografía, la humedad y el suelo es idóneo para que este tipo de vegetación tan amenazada encuentre un refugio más.

Cañada dónde se ubican los bosques mesófilos de montaña de Río Verde, S. L. P.
Y al volver a las cañadas umbrosas rebosantes de humedad, la tarde cayó lenta y aún se nos presentaron sorpresas, pues entre los helechos y troncos caídos nos fue posible hallar una especie peculiar de invertebrado que desconozco su nombre, pero aquí les muestro la foto.

Helechos (Posible Blechnum sp.)
Invertebrado entre la materia orgánica en descomposición.

Aún más abajo al pie de un cedro capturamos la fotografía de  un escorpión (Gerrhonotus infernalis). Cabe destacar que esta especie es temida en las localidades rurales debido a la creencia de que su mordida posee veneno y puede incluso llegar a causar la muerte, suceso que es totalmente falso, pero la creencia popular apoya mas el miedo que el respeto. Por lo general si este reptil es hallado por cualquier persona autóctona, terminara seguramente muerto a no ser que escape y corra con mejor suerte para la próxima.

Gerrhonotus infernalis, criatura hermosa pero temida por los pobladores
en base a la falsa creencia de que su mordida es venenosa y aunque así fuera,
son bastante tímidos y veloces, prefiriendo huir de la presencia humana.

Casi al término de la jornada de aquel día de diciembre, la tarde nos despidió con un espectáculo interesante, pues un pequeño enjambre de mariposas rayadas se arremolinaba en las ramas colgantes de un cedro seguramente dispuestas a descansar. La verdad, ya bastante repetitiva la imagen de las mariposas monarcas que colman las ramas de los oyameles en Michoacán, la escena de aquella tarde me resultó bastante diferente y grata. Además una imagen extra de una langosta con sus vívidos colores, la cual también ya iba en camino de algún refugio para pasar la noche, debido a sus hábitos diurnos.

Racimo de mariposas en una rama de cedro.
Langosta mostrando sus alas rojo intenso.

Aquella noche como imaginarán, dormimos rendidos aunque un poco adoloridos por la caminata y el suelo duro de la tienda de campaña…las recompensas implican esfuerzos.

A la mañana siguiente nos despertamos con un cielo nuevamente radiante de sol, con un cuarto menguante apuntando al sur por sobre las candelabriformes típicas del bosque caducifolio de la ranchería. Los mugidos alegres de un grupo de cebúes, bastante comunes en estas áreas agrestes y húmedas de San Luis Potosí por presentar pelillo corto y ser especialmente resistentes a las abundantes y molestas garrapatas, aunque reacias y de carácter desconfiado.

Mirada al bosque tropical caducifolio del Ejido El Nacimiento.

Ese día los niños, hijos del comisariado nos ofrecieron llevarnos a la cueva del nacimiento para buscar murciélagos, pues aseguraban que años atrás llegaron un grupo de médicos en busca de estos mamíferos con la finalidad de extraerles sangre y confirmar la presencia de la rabia en aquellas regiones. Al parecer no encontraron rastros de rabia en los murciélagos, no obstante nosotros al menos, tampoco hallamos ningún murciélago, pero les comparto una imagen de la boca  de la entrada desde donde se aprecia el exterior.

Entrada de la cueva de los murciélagos.

Y ya para despedir el viaje, los niños nos mostraron que la sierra te provee de todo lo necesario para vivir: agua, madera, leña, tierra fértil, refugio, piedras, alimentos de origen animal y vegetal, plantas medicinales y ornamentales, paixtle para las épocas decembrinas y hasta dulces tentaciones como las rojas pitahayas.

Y de recompensa unas dulces pitahayas…