La reapropiación de la muerte en la sierra madre oriental de Puebla

Lo desconocido es fuente de prohibiciones. Se ha visto que nombrar lo innombrable —cualquiera que sea el modo en el que se haga— constituye una tentación real para el hombre. La reapropiación de lo desconocido forma parte de la misma tentación. Si bien la lengua clásica recurre a la expresión quenamican ”el lugar desconocido” para designar el lugar donde residen los muertos, utiliza también otra expresión simétricamente opuesta: tocenchan, ”la morada de todos nosotros”. La morada se refiere, en efecto, al lugar más conocido, al más familiar.

 

Nemi —al igual que la expresión ”vivir en”— puede tomar en español el sentido de ”habitar, morar en”, pero el sema ”desplazarse” subyace aún: así, podemos decir que habitamos sobre la tierra (nemi) pero estamos solamente de paso. Muchos textos le recuerdan al hombre que sólo está transitoriamente sobre la tierra y que deberá ceder el sitio a otros. Su verdadera morada —el lugar donde tanto el espacio como el tiempo se ensanchan— es tocenchan, la ”morada de todos nosotros”, expresión con que se designa el lugar donde residen los muertos.


Al igual que ciertas lenguas europeas —pienso aquí sobre todo en la oposición que hace el inglés entre home y house o el español entre ”hogar” y ”casa”—, el nahuatl distingue una visión subjetiva del habitat —nochan ”mi hogar” (la casa es concebida como el lugar donde se vive: en nahuatl moderno el prefijo marcador de posesivo es en este caso obligatorio)— y una visión de la casa como objeto —in calli ”la casa”, se calli ”una casa”, nocal ”mi casa” (la casa es concebida como un objeto: en nahuatl moderno el prefijo marcador de posesivo no es obligatorio)—. El hablante expresa una relación afectiva más entrañable con su casa cuando utiliza la primera palabra (-chan), que la segunda (cali). Tocenchan, la morada de los muertos, es un lugar del que se apropian fuertemente los nahuas en la época clásica.




En los dialectos modernos la expresión Tocenchan ha desaparecido para designar el lugar donde moran los muertos, el Mictlan. Para nombrar este lugar, los nahuas recurren en la actualidad a cali. Este paso de -chan a cali se puede interpretar como un distanciamiento ante el objeto descrito: la relación con la palabra es menos estrecha a nivel afectivo.




Este distanciamiento respecto del Mictlan puede ser interpretado como un efecto secundario de la Conquista: al haberlo identificado los evangelizadores con el infierno cristiano resultaba difícil para los nahuas continuar considerando su ”propio hogar” (tocenchan) a ese lugar de tormentos eternos.
Actualmente, en la Sierra Norte de Puebla el Mictlan es designado por las palabras cali (nahuatl clásico calli) o tecali. El sentido primero de cali es, de hecho, ”refugio”; esta palabra designa tanto un refugio construido —una casa— como uno natural —una cueva—. La aparición de tecali, ”refugio de piedra (fe-)”, que significa exclusivamente ”cueva”, hace patente la voluntad de oponer con claridad dos conceptos: la cueva y la casa. Esta oposición restringe el significado de la palabra cali, que designa así exclusivamente la casa, el habitat urbano.

 

Ambas palabras, cali y tecali, corresponden a dos visiones diferentes de la morada de los muertos. Los textos en los que aparece cali hacen del Mictlan un infierno cristiano, que es identificado con las casas de piedra donde habitan los mestizos. Ese infierno es descrito como una gran casa resguardada por soldados al servicio de su jefe, el diablo, quien, cabe hacer la aclaración, es un blanco.
Los textos en los que es empleada tecali minimizan esos detalles para poner énfasis en la multitud humana que se despliega en un lugar subterráneo. Se expresa aquí una creencia, antigua pero aún vigente, de que el muerto va a encontrar a sus padres, a sus ancestros, en el más allá. En el Mictlan cueva (tecali) el muerto encuentra a sus ancestros, mientras que en el Mictlan urbano (cali) se topa con los diablos de origen cristiano.

Precisemos que en el sincretismo cultural dos visiones del mundo pueden coexistir, a condición de que no sean contradictorias. Con frecuencia los relatos recopilados mezclan los rasgos del cali con los del tecali. Han sido aquí distinguidos en aras de la claridad de la exposición.

 

 La visión simbólica propia de los nahuas del este hace surgir la creencia en una morada de los muertos ubicada en una cueva inmensa. El ancestro original es esa dualidad llamada Talocan ”nuestra madre, nuestro padre nutricios”, a la cual —aún hoy en la Sierra Norte de Puebla— se rinde culto en las cuevas más profundas, las entradas de Talocan. El ancestro mítico está situado en el corazón del mundo; es el origen y el fin de toda la humanidad. El muerto encuentra en la cueva la cadena de sus ancestros, que se remonta hasta sus orígenes.

 

 Texto y fotografías de San Miguel Tzinacapan Tsinakaapan
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Talokan



…el Talokan no es solamente el lugar donde habitan los seres sobrenaturales, es
ante todo la bodega del mundo, en él se encuentran “ollitas” con la esencia del agua,
del aire, de los rayos y del maíz. Es el lugar de la abundancia, nada falta ahí. De ahí
salió el maíz que descubrieron los pájaros carpinteros y acarrearon las hormigas
arrieras, de ahí sale el agua de los ríos y sus peces; de ahí salen los vientos buenos
y los vientos peligrosos; de ahí salen los rayos que se visten de rojo como los palitos
de la danza de los Santiagos.
En los cerros que hay cuevas y se va así el agujero, se va, se va hasta llega uno,
dicen que también es como aquí, también hay muchas, pero ese es Talokan, ahí
salen dice que por ejemplo, los tejones, tejones, todo clase de animales, hasta las
víboras dicen, pero de eso yo no sé, pero me han contado que ahí en el Talokan
esos animales allá están bastante.
En las comunidades la gente grande nos platica que donde hay un
nacimiento de agua hay un víbora que es la que cuida el agua, son víboras gruesas,
grandes y que cuando han llegado a matar esa víbora, ese animal, se seca el
nacimiento de agua, como que ha coincidido que han matado la víbora y se seca el
nacimiento de agua, entonces existe esa creencia, porque las víboras, no sé qué tipo
de víbora, pero cuida el agua, o sea ella hace que haya agua.
Cuando encontraron el agua los antepasados y fueron escombrando, despejando,
abriendo brecha este… se encontraron con un montón de murciélagos que salían ahí,
ahí era su… pues ahí donde vivían, entonces precisamente es Tzinacapan, fuente de
murciélagos, entonces ahí surge el nombre del pueblo y está dentro de la historia.
[MAP]. (Murillo et al., 2005).

Permacultura desde mi biorregión

Desde hace algún tiempo, conocí lo que significa el término Permacultura. Fue allá por el año 2008, mismo año en el que abrí este espacio, cuando comencé por motivos laborales a leer mucho acerca del término y sencillamente quedé, como la mayoría, encantada a primera vista. Bill Mollison, un habitante de la sureña isla de Tasmania fue quien junto con su pupilo David Holmgren, a través de investigaciones, tesis y prácticas de campo, acuñaron el término y Mollison incluso es llamado el padre de la permacultura. Su bibliografía es extensa y suele estár relacionada a la manera en que los humanos deberíamos de obtener nuestros recursos a través de una agricultura que permanezca, no que degrade la tierra fértil. 
Bill Mollison.
Ésta es alguna de la bibliogrfía de Mollison y Holmgren:
  • Permaculture One: A Perennial Agriculture for Human Settlements (con David Holmgren, Trasworld Publishers, 1978)
  • Permaculture Two: Practical Design for Town and Country in Permanent Agriculture. Tagari Publications, 1979
  • Permaculture – A Designer’s Manual. 1988.
  • Introduction to Permaculture. 1991, revisado 1997.
  • The Permaculture Book of Ferment and Human Nutrition. 1993, revisado 1997.
  • Travels in Dreams: An Autobiography. 1996. 
  • The Permaculture Way: Practical Steps To Create A Self-Sustaining World, con Graham Bell. 2005.
  • Smart Permaculture Design, con Jenny Allen. 2006.
La Permacultura no solo ha sido un término más a memorizar, ella se ha vuelto una oleada de nuevas propuestas de vida, se ha convertido en  toda una forma de pensar y un estilo en el cual podemos basarnos para entender desde otra arista, nuestro paso por la tierra.

Cuando conocí la permacultura, comencé a investigar, me volví insaciable y desee estar presente en todos los cursos  que veía publicados en internet, todos, o casi todos ofrecidos en granjas ecológicas en el centro-sur de México. Propuestas como Granja Tierramor en Michoacán, Centro Nierika en Edomex, Las Cañadas en Veracruz, Huehuecoyotl en Morelos, San Isidro en Tlaxcala, Granja Tierra del Sol en Oaxaca, el Octógono de Ruta Ahimsa en Querétaro, Intituto de Permacultura en Guanajuato y muchos más, fueron mi inspiración durante un par de años.

Sin embargo, como todo lo que no conocemos, al principio puede deslumbrarnos y una vez que lo hemos probado y lo conocemos, podemos dar un juicio mucho más acertado de su naturaleza. Así me pasó con la permacultura. 
El término en sí es una cajita de pandora, pues una sola palabra engloba todo un mundo de conocimientos que actualmente está “inn” en el mundo de los hipsters, ese grupo de la población urbanita actual que alardea de vivir consiente y ecológicamente. Considero loable lo que muchas personas al rededor del planeta han hecho con la luz que la permacultura les ha traído a sus vidas, desde cambiar pequeños hábitos como separar sus deshechos para hacer composta, hasta diseñarse sus propias casas bioclimáticas e irse a vivir a las famosas ecoaldeas.

No obstante todo lo bueno que la permacultura traída desde Tasmania puda haber provocado en el mundo, o desde mi caso, en México, me temo (y ojalá me equivoque), que más que ser un saber universal para que todos cambiemos la relación con el entorno, se ha convertido en una moda hipster bastante redituable en pesos, dólares, euros…

Fueron varios los cursos a los que deseé asistir con todo el corazón  para conocer una forma armónica de vivir, pero los costos siempre estuvieron fuera de mis posibilidades económicas. Entonces, como parte de mi trabajo etnobotánico en la Sierra Madre Oriental, la luz del conocimiento se me transmitió de otra forma, que desde mi forma de ver el mundo fue noble y transparente.

Creo que después de haber quedado maravillada con el término y lo que implica, llegué a la simple y llana conclusión (muy personal) de que más bien Mollison y Holmgren no cometieron más que la puntada de descubrir el hilo negro, como vulgarmente decimos en México para referirnos a que hay cosas que no se pueden descubrir porque ya son más que obvias o ya han sido anteriormente descubiertas.

Lo mismo creo que es la permacultura: el hilo negro de conocimientos que desde siempre han estado presentes en nuestros ancestros, solo que se les conjuntó y se fusionaron con una serie de adaptaciones y tecnologías modernas para convertirlo así en la llamada permacultura.
Pero en la raíz, el conocimiento de la permacultura subyace ahí, en lo local y en el devenir cotidiano de las personas del campo, que si bien con la incursión del falso progreso capitalista han transformado muchos saberes en técnicas nocivas, en el fondo el saber es el mismo y les ha permitido vivir en armonía con su ecosistema por cientos o quizá miles de años.

 
Desde los pericúes y cochimíes de Baja California Sur, hasta los Mayas de Quintana Roo, todas las étnias mexicanas tienen ese conocimiento etnobiológico de su entorno que les ha permitido prosperar en desiertos, selvas, montañas, costas y hasta pantanos. Si ese conocimiento se fusiona con los principios de la permacultura, imagínense el mundo de posibilidades está a nuestro alcance.
Fuera de espiritualismos e ideologías, el diseño de una vida en armonía con el entorno natural debe ser una meta para aspirar por todos, no una moda entre un grupo pequeño de personas, tampoco debería ser algo que se venda en forma de PDC (Certificación de Diseño de Permacultura), debido a que ese conocimiento no se forjó de pronto en la mente de Mollison y Holmgren, ese conocimiento ha existido desde que la humanidad se volvió sedentaria y comenzó a cultivar sus propios alimentos. Ese conocimiento es ancestral, milenario y sobre todo: libre, gratuito, permanente y heredable a través del tiempo.

El saber diseñar una vivienda vernácula desde los materiales locales, el conocer la dirección del viento, los nombres de las montañas, la posición de las cañadas, la época de siembra de las hortalizas, el jiloteo del maíz, la forma de acarrear el agua a través de acequias, la adaptación de las plantas autóctonas, el clima, la leña… todo ese conocimiento es PERMACULTURA PURA, y está ahí, en nuestros abuelos del campo, gratis y muriendo ante el desánimo de las nuevas generaciones rurales que migran incesantes a los núcleos urbanos, solo para descubrir que en la ciudad, muchos jóvenes urbanitas ahora quieren estar a la moda y ser ecológicos sembrando tomate en su azotea. Es parte de la solución, pero es solo la punta de una gran montaña, sin comprender los nexos que las ciudades tienen hacia los alimentos que provienen del campo, un campo mexicano devastado por los agroquímicos, los transgénicos y los monocultivos, poco podremos rescatar, no es cuestión de modas, es cuestión de sobrevivencia.
Por ello he decidido abandonar la búsqueda de conocimiento a través de la permacultura únicamente. Ahora que se que el verdadero conocimiento nace en lo local, ese saber que se está extinguiendo, en el seno de mi mexicaneidad, nace desde mi BIORREGIÓN aquí en la sierra y esa extremosa llanura costera, no tengo porqué tener como objetivo primordial asistir a cursos costosos traídos del otro lado del mundo, ni mucho menos certificarme, cuando la base medular de lo que necesito saber brota de nuestros ancestros del campo, ese saber ancestral que combinado con muchos de los saberes actuales hacen el mejor curso de permacultura, ese que se transmite en un mercado, una vereda o algún ranchito, ese saber que va suave de boca en boca, entre sorbos de café, pulque o agua fresca. Un saber ancestral-local- etnobiológico que debemos adoptar como nuestro y evitar que se pierda en el mar de las modas globales. 

La conquista de América y la decadencia de los territorios bioculturales

Hoy es un día triste. Hoy se cumplen 521 años desde aquel día que se cuenta, llegó un hombre del viejo mundo a querer descubrir una ruta marítima diferente para llegar a los preciados recursos naturales de la India y se topó con este continente hermoso colmado de riqueza biocultural de polo a polo, actualmente mal llamado América. 
Los dioses, enferemedades, animales y plantas invasoras llegaron con ellos y se desperidgaron como pólvora bajo un yugo sangriento de españoles ávidos de tierras y una vida lozana, llevándose a su paso las vidas de los oriundos, que como vulgarmente dicen, fueron engañados para intercambiar oro por espejitos, aunque lo más preocupante no fue intercambiar nefasto oro, sino fue intercambiar sierras, ríos, mares y desiertos por un modo de vida estúpidamente “civilizado”, que terminó por hundir en el crepitar insulso de las hogueras inquisidoras, siglos y siglos de sabiduría etnobiológica y cosmogónica de la verdadera historia de esta tierra. Poco se ha podido rescatar de esos códices que ardieron en el fuego. Afortunadamente una poca de esa sabiduría quedó en la carne viva de los  habitantes nativos, sin embargo fue obligada a mezclarse y transformarse para el agrado de un dios cristiano, por miedo a morir como los códices, en las llamas de ese infierno ficticio que tanto asusta a los creyentes, sin darse cuenta que el infierno fue aquí en la tierra y sigue siendo.
Al caer los conquistadores como plaga, los métodos de aprovechamiento de los recursos naturales dieron un vuelco, pues con ayuda de bueyes y caballos, con ingenios y moliendas, con pólvora y el peor de todos: la idea de patrón y peón, fue más fácil desbrozar los campos, talar las montañas, desvíar el río y matar a cuanto animal de monte se apareciera por las villas.
¿Y todo para qué? para venir a implementar un modo de vida civilizado en base a creencias religiosas, ciudades ordenadas, vida urbanita alejada de los montes y su barbarie silvestre, vida racional y amor ciego a un monarca que vivió a miles de kilómetros al otro lado del mar. Absurdo.
Y los nativos fueron obligados a someterse a este nuevo régimen, alejarse a los montes agrestes o perecer violentamente.
Situándome en mi nación biocultural,  José Escandon por ejemplo, fue según cuentan, ilustre domador del fiero seno mexicano (actual Tamaulipas, sur de Texas y parte de la huasteca Veracruzana), fundó 14 villas en nombre del Reino de Santander, villorrios de españoles y mestizos desperdigados al achecho de los salvajes Chichimecas, pero antes de aquella empresa, no fue sino un cobarde asesino de Pames, dejando su estela sangrienta en la Sierra Gorda de Querétaro antes de llegar a conquistar Tamaulipas, borrando ahí del mapaa decenas de pueblos de la nación Chichimeca, de quienes no conoceremos jamás su cultura, su lengua, su visión del universo…jamás. 
Asesinos de biocultura fueron y siguen siendo los conquistadores, ya no solo blancos ni europeos, sino de todo credo y procedencia, nefastos seres ávidos de riqueza inmediata que han decidido conquistar a punta de violencia pueblos nahuas, tepehuas, teeneks y totonacos en la sierra madre oriental para abrirle heridas a los cerros, para sacar sus metales, llenarlos de agua, hacer electricidad y demás parafernalias capitalistas.
Abramos los ojos, la conquista sigue, la conquista del pensamiento lleva como panacea la ignorancia, la conquista de los recursos lleva como panacea el progreso, la conquista de la vida lleva como panacea el desarrollo.
No importa ya el color de la piel, todos quienes atentan por extinguir de una u otra manera la riqueza biocultural de los territorios naturales son culpables, el que niega sus raíces y hace oídos sordos al genocidio y ecocidio es culpable, el que alaba la globalización, la tecnología y la ciencia por encima de sus lazos con la naturaleza también lo es. 
No seamos culpables y abracemos con fuerza nuestra verdadera identidad, nuestra región biocultural, nuestros saberes perdidos, nuestros mares, sierras y cielos, enseñemos a los niños a creer en otro México, el México libre de pensamiento, el México mestizo que añora su pasado indígena y lo enaltece, no lo borra ni lo olvida. Muera para siempre la festividad de el Descubrimiento de América.