El manantial del Volcancito, Linares, Nuevo León

Ya hace tres años que llegué a Linares y uno de los primeros sitios que fui a conocer fue el Cañón de Jaures y la Cueva del Volcancito, de los cuales hice una entrada del blog en aquel entonces.
A principios de año volví a frecuentar el sitio del Volcancito, pero a diferencia de hace tres años, ahora estaba casi seco, había que bajar unos 40 metros por un sótano estrechoy aún así no pudimos sondear el sitio exacto hasta donde había agua. Estas son las imágenes, aunque borrosas por falta de tripié:

Cueva profunda del Volcancito.
Los compañeros sondeando el sitio hasta donde llegó el agua.

Vista desde adentro de la cueva.

Con flash de la cámara nos fue más fácil ver los detalles desde adentro.

Un poco más abajo y no encontramos rastros de agua. 
Esta vez regresamos con la promesa de encontrar por fin el volcancito con agua, pues en la temporada de lluvia suele pasar que se llena y brota a raudales, cuál fuente vauclusiana, sin embargo, con el paso del huracán Ingrid durante el 14, 15 y 16 de septiembre la cantidad de agua superó nuestras expectativas y el agua al salir de la cueva formó una cascada uniéndose al río que baja por el cañón de Iturbide y solo lleva agua después de los huracanes. Todo un espectáculo. Aquí les dejo las fotos, igual un poco borrosas por falta de luz.

Cañón de Iturbide con su río intermitente después del Huracán Ingrid, octubre del 2013.
Cascada de agua que brota de la cueva del volcancito al fondo.

Agua brotando del cerro.
Al ir subiendo por un costado de la cascada pudimos llegar hasta la bocacueva, sitio que durante el estiaje estuvo totalmente seco y ahora rebosaba de agua llegando casi al techo de la cueva. Nos imaginamos la cueva sumergida de aguas turquesas, la impresionante cavidad repleta de agua que no deja de salir durante semanas.


El compañero Humberto, colega botánico, cerca a la bocacueva.
Agua brotando a raudales desde las profundidades sumergidas de la cueva.

Actualmente nadie ha sondeado las profundidades de esta cueva.
Al paso de las lluvias la sierra se embebe y llena los mantos acuíferos, pues en ella por su orígen calcáreo más que en otras sierras, hay una súper red subterránea de cuevas, sotanos y cavernas que sirven como resguardo del líquido y los van suministrando poco a poco hacia la superficie como en el caso de la cueva del volcancito.
Cascada que se forma al pie de la cueva del volcancito.
Y al agua fluye por algunas semanas o meses, dependiendo qué tan copiosas hayan sido las lluvias previas y posteriores que mantienen vivo el afluente.
Aquel día se nos llegó la hora de volver y dejamos atrás el paraje con un clima fresco ya típico del fin de la temporada de lluvias, esperando que el agua que brota de la sierra siga presente hasta que las lluvias vuelvan el próximo año en el mes de julio.
Atardecer en el Cañón de Iturbide.

Cañón de Iturbide, vista al poniente.

Álamo de río (Platanus rzedowski) a la vera del río Iturbide.
Anuncios

La conquista de América y la decadencia de los territorios bioculturales

Hoy es un día triste. Hoy se cumplen 521 años desde aquel día que se cuenta, llegó un hombre del viejo mundo a querer descubrir una ruta marítima diferente para llegar a los preciados recursos naturales de la India y se topó con este continente hermoso colmado de riqueza biocultural de polo a polo, actualmente mal llamado América. 
Los dioses, enferemedades, animales y plantas invasoras llegaron con ellos y se desperidgaron como pólvora bajo un yugo sangriento de españoles ávidos de tierras y una vida lozana, llevándose a su paso las vidas de los oriundos, que como vulgarmente dicen, fueron engañados para intercambiar oro por espejitos, aunque lo más preocupante no fue intercambiar nefasto oro, sino fue intercambiar sierras, ríos, mares y desiertos por un modo de vida estúpidamente “civilizado”, que terminó por hundir en el crepitar insulso de las hogueras inquisidoras, siglos y siglos de sabiduría etnobiológica y cosmogónica de la verdadera historia de esta tierra. Poco se ha podido rescatar de esos códices que ardieron en el fuego. Afortunadamente una poca de esa sabiduría quedó en la carne viva de los  habitantes nativos, sin embargo fue obligada a mezclarse y transformarse para el agrado de un dios cristiano, por miedo a morir como los códices, en las llamas de ese infierno ficticio que tanto asusta a los creyentes, sin darse cuenta que el infierno fue aquí en la tierra y sigue siendo.
Al caer los conquistadores como plaga, los métodos de aprovechamiento de los recursos naturales dieron un vuelco, pues con ayuda de bueyes y caballos, con ingenios y moliendas, con pólvora y el peor de todos: la idea de patrón y peón, fue más fácil desbrozar los campos, talar las montañas, desvíar el río y matar a cuanto animal de monte se apareciera por las villas.
¿Y todo para qué? para venir a implementar un modo de vida civilizado en base a creencias religiosas, ciudades ordenadas, vida urbanita alejada de los montes y su barbarie silvestre, vida racional y amor ciego a un monarca que vivió a miles de kilómetros al otro lado del mar. Absurdo.
Y los nativos fueron obligados a someterse a este nuevo régimen, alejarse a los montes agrestes o perecer violentamente.
Situándome en mi nación biocultural,  José Escandon por ejemplo, fue según cuentan, ilustre domador del fiero seno mexicano (actual Tamaulipas, sur de Texas y parte de la huasteca Veracruzana), fundó 14 villas en nombre del Reino de Santander, villorrios de españoles y mestizos desperdigados al achecho de los salvajes Chichimecas, pero antes de aquella empresa, no fue sino un cobarde asesino de Pames, dejando su estela sangrienta en la Sierra Gorda de Querétaro antes de llegar a conquistar Tamaulipas, borrando ahí del mapaa decenas de pueblos de la nación Chichimeca, de quienes no conoceremos jamás su cultura, su lengua, su visión del universo…jamás. 
Asesinos de biocultura fueron y siguen siendo los conquistadores, ya no solo blancos ni europeos, sino de todo credo y procedencia, nefastos seres ávidos de riqueza inmediata que han decidido conquistar a punta de violencia pueblos nahuas, tepehuas, teeneks y totonacos en la sierra madre oriental para abrirle heridas a los cerros, para sacar sus metales, llenarlos de agua, hacer electricidad y demás parafernalias capitalistas.
Abramos los ojos, la conquista sigue, la conquista del pensamiento lleva como panacea la ignorancia, la conquista de los recursos lleva como panacea el progreso, la conquista de la vida lleva como panacea el desarrollo.
No importa ya el color de la piel, todos quienes atentan por extinguir de una u otra manera la riqueza biocultural de los territorios naturales son culpables, el que niega sus raíces y hace oídos sordos al genocidio y ecocidio es culpable, el que alaba la globalización, la tecnología y la ciencia por encima de sus lazos con la naturaleza también lo es. 
No seamos culpables y abracemos con fuerza nuestra verdadera identidad, nuestra región biocultural, nuestros saberes perdidos, nuestros mares, sierras y cielos, enseñemos a los niños a creer en otro México, el México libre de pensamiento, el México mestizo que añora su pasado indígena y lo enaltece, no lo borra ni lo olvida. Muera para siempre la festividad de el Descubrimiento de América.