Mezclando mi café con leche

 
Lo efímero de nuestras acciones temiblemente más comunes, más normales y cotidianas está acabando con la vida como la conocemos y la abusamos. Nos hemos vuelto sordos, ciegos y mudos, pero sobre todo tarados.
Se talaron miles de árboles, que fueron transportados con maquinarias que escupieron gases al cielo, mientras los aserraderos cantaban una infernal melodía de sierras y cuchillas, para después generar celulosa que se bebió millones de litros de agua y se bañó en muchos litros de venenoso cloro, que hizo papel moneda que más tarde fue repartido entre muchas manos ajenas para poder cavar grandes agujeros en el lecho marino a los cuales accedimos con barcos que se construyeron de furiosos metales que fueron extirpados de la piel terrestre dejando tras de sí yagas de cianuro y lomas de tierra desnuda, para poder sacar petróleo de dichos agujeros, el cual después fue almacenado y covertido en plástico en una abominable refinería que lanza fuego sin cesár, para terminar siendo una absurda y quebradiza cucharilla que fue empaquetada en más plástico y cartón de más árboles derribados, solo para que una mañana cualquiera, nos diéramos el caprichoso y carísimo lujo de mezclar nuestra eterna taza de unicel tupida de café con leche…
Cucharilla que en menos de 2 horas terminó botada en un cesto para seguir haciendo crecer la torre de babel tóxica del basural cercano, que se quema y se lixivia día y noche, que se hace humo y se respira y las células de los cuerpos que lo perciben explotan y no pueden más con tanta irreverencia, se rehúsan a seguir existiendo en un cuerpo desconectado del mundo, entonces se hinchan, mueren y con ellas nosotros.
¡¡¡Pero mezclar nuestra taza de café con una cucharilla para después botarla en un cesto es de lo más común, normal y cotidiano del mundo!!!
¡¡¡A veces pienso que los economistas y los diseñadores industriales juntos son el mismísimo demonio!!!
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Tansosob

Salió corriendo al alba, las sandalias se le escurrían entre los dedos porque el lodo estaba pegajoso y frío, posiblemente dejó una o las dos en medio del sendero enmontado, la noche anterior llovió porque Maamlaab, el gran dueño del agua celeste, así lo quiso. El pecho le latía como el tambor, y aunque las ramas la abrazaban con su humedad, no perdió el paso ni un instante, y como el venadito temazate se deslizó con la ilusión de verles de nuevo. Aún estaba pardo el monte. No tenía miedo, ya había recorrido ese mismo camino muchas veces sin perderse, su madre quedóse tranquila pues ella no dijo más que iba por la leña para hacer el café de la mañana. Se fue sin decir a donde porque sabía que estaba prohibido ir sola al sótano. Y en cuanto la bruma comenzó a desmodorrarse entre el dosel arbóreo, la marcha se detuvo casi en un espasmo, ante el abrazo fuerte del palihuiche que le truncó el paso, tan fragante palihuiche colmado de pompones blancos meciéndose al vacío.
Y ahí estaba ella ante la inconmensurable garganta de la tierra, abierta y jadeante, fue acercándose despacio caminando sobre las piedras calizas del borde, serpenteando con sus piernecillas temblorosas el filo del abismo. Su alegría se le desbordaba hacia el fondo del hueco por los ojitos negros de tanta curiosidad, sabía que había llegado a tiempo para verlas salir y eso la hacía feliz. Entonces de pronto un remolino negreaba aún más las fauces abiertas de la sierra, se iba elevando en círculos, cortando el aire a su paso en aleteante estruendo, el remolino viviente remontó como un canto de las entrañas terrestres, zumbidos de aire partido llenaron la oquedad magnífica, veloces saetas avivaron la emoción de la niña que reía en el alma, encaramada en las rocas, desorbitada, deborando con sus cuencos uno a uno los fugaces vencejos. Hasta que no quedó ninguno, todos salieron apresurados de las profundidades para irse a perder en el sopor verdoso de la selva que apenas le amanecía. 
Suspiró satisfecha y de nuevo se internó en el sendero rumbo a Tansosob. Como era de esperarse había quedado descalza y las sandalias ¿quién sabe dónde?, el barro suave se volvió placentero sobre las palmas de sus pies agrietados. Ya no corrió, la meta fue cumplida, y ahora no había más prisa que la que le imponía el hambre. Se fue caminando despacio, dejando tras de sí un montón de tinajitas pintadas en el barro, las huellas de su andar dibujaron la trayectoría de su osadía. Y después, el primer rayo de sol.

Tansosob es una comunidad Teenek ubicada cerca del famoso “Sótano de las Golondrinas” en el municipio de Aquismón en la Huasteca Potosina, cuyo nombre se deriva de dos voces:

Tan: “lugar de”
tsobtsob: “huella” (de pies o patas)

Tantsobtsob:  lugar de la huella.